Por dos veces un padre que asistió al pelear
de sus hijos seguido dijo tras cavilar:
Hermanitos, qué os pasa, por qué andáis a rabiar,
tú con ojos morados y tú a punto el morar.
Y de mientras el “primo” sin chistar ni mistar
entretanto uno y otro no os podéis ni mirar
paso a paso se acerca y ya empieza a gustar
de la tarta un buen trozo, del pastel el saciar.
Aveniros, no ruego, y dejad de mirar
vuestro ombligo que el dulce se os podría acabar,
si el pariente goloso viene con familiar
muy merengue y dispuesto como estila a intentar
por las buenas o malas, de cajón, atrapar
la tartera enterita o la vela apagar.
