En mi pueblo, oiga, había, en mi gran villa amada
tres manzanas abajo, bocacalle pasada
y la calle arbolada, avenida llegada
una tienda de barrio de vulgar frecuentada.
Que vendía de todo, se compraba por nada
entre viejos estantes de madera labrada
y un humor pueblerino y una gracia impagada
los productos del campo y estación madurada.
Los cual una aldeana con la piel arrugada
colocaba con arte, cesta a cesta mimbrada
como gran pescadora el anzuelo y cebada.
Progresía, no obstante, a su puerta llegada
con sus grandes Eroskis…, dos por uno de cada
le decía: Señora, la persiana bajada.
